Tomas Kienast

Tomás Kienast en Senegal

Esta aventura no comienza en el viaje, sino mucho antes. La vida está colmada de causalidades (Y digo bien, causalidades y no casualidades), y es así que, de causalidad, conocí a Ana frente al edificio donde por causalidad ambos vivimos. Fue causalidad que en tiempos de desconfianza, me abrieran las puertas de su casa, para llamar al cerrajero (al olvidarme las llaves), y entre charla y charla conociera su pasión y entrega por el pueblo de Senegal. La causalidad quiso que de ahí en adelante nos cruzáramos mas seguido, y en cada conversación surgiera Senegal y la invitación de acompañarlos en uno de sus viajes. Esta invitación comenzó a germinar y crecer dentro de mi. Invitación cimentada sobre dudas y preguntas:»¿Para qué iría?», «¿Qué quiero de esta experiencia?», «¿Tiene sentido que vaya?», «¿Y por qué no?», «¿A qué espero?». (Cuántas dudas espesan el andar del hombre). Invitación que finalmente permitió brotar afirmaciones: «¡Animáte!», «¡Da el paso!», ¡No quieras saber el porqué.. Simplemente andá y dejate llevar!», «¡Decí: Si!», «¡Da el paso al frente!»

Los preparativos del viaje fueron intensos ya que no había que olvidarse de nada… cargar mis mejores sonrisas, empacar mi más constante predisposición, acomodar entre calcetines y camisetas alguna dosis de humildad, sencillez y respeto, y listo estaba la maleta… acompañada de 25 kilos de ropa de niños, medicinas, y juguetes… de lo relacionado al viaje, fueron Ana y Albert quienes se ocuparon de absolutamente todo. Realmente de todo. En sí, hicieron todo el viaje increíblemente sencillo con su capacidad, organización y fortaleza.

Del viaje en sí, podría compartir un montón de experiencias. ¡Muchísimas! Del extravío de maletas al llegar a Dakar (menos mal que Ana propuso distribuirlo todo entre todas las maletas… por si alguna se perdía), de las largas conversaciones con Ana, de las extensas con Albert, o del silencio compartido durante otros trayectos del viaje. De la experiencia gastronómica de Senegal, o la hospitalidad increíble de su gente. Podría dar testimonio de la belleza de sus paisajes, o de la nobleza de Bab, la alegría de Abdoulaye, la pasión de Ana, o el criterio de Albert. Aún más, podría detenerme a detallar todas las iniciativas de Acción Senegal: Los medicamentos entregados, las funciones de títeres para los niños, y los kilos de ropa y arroz para los más necesitados. De lo mucho que me divertía jugando con los niños, mientras los «adultos» interpretaban e inventariaban medicinas (qué fácil es la comunicación cuando se habla el idioma de las risas y la diversión). Pero de todas las posibilidades que se me presentan, quisiera aprovechar este espacio, y detenerme en una:

La simpleza con la que nace una buena acción. Cómo la combinación de una moneda, una fracción de tiempo, y un paso al frente, se convierten en un saco de arroz y una exclamación: «¡Detén el coche! ¡Vamos a esa casa!».

De pronto una cara se ilumina, una familia se sabe visible, en un mundo de invisibles, y el corazón de todos los testigos pega un brinco, se expande y se conmueve:

«¡Acabo de regresar del pueblo, de buscar sin éxito trabajo, y me preguntaba qué comeríamos esta noche!», «¡Gracias por haber parado y haberos acercado a mi casa, a pesar de las condiciones en que está! ¡Esto ya es recompensa suficiente para mí! «, «¡Gracias por regresar! ¡Mucha gente pasa, toma su foto, y nunca más regresa! ¡Ustedes regresaron y nos ayudaron!¡Es la primera foto que tengo de mí! ¡Que Dios los bendiga!», «¡Gracias Dios, porque nunca hubiera creído que unos tubab nos ayudarían!»

«¡Detén el coche!». Cuántas sonrisas y alivios provocó esa exclamación, y ese pequeño gesto… ese «Sí» y ese paso al frente… impagables y casi casi inmerecidos.

La simpleza con que nace una buena acción, crece, y escapa de nuestro control, como si nunca hubiera nacido de uno… de causalidad paramos a descansar y comer en Dialacoto… de causalidad supimos de un puesto sanitario y nos acercamos… de causalidad gran parte de los esfuerzos de Acción Senegal se centran hoy día en aquel poblado… simpleza en acción… nuevamente un «sí», y un paso al frente.

Esta aventura no comienza en el viaje, sino mucho antes.
Siempre tuve la sensación que mi camino algún día me llevaría al África, a ayudar donde pudiera y simplemente a acompañar donde no. Albert y Ana de algún modo, contribuyeron a alimentar esta certeza ofreciéndome una oportunidad hermosa y colmada de lecciones. La principal de ellas, enriquecedora, sencilla y cercana: Para ir y hacer… hay que ir y hacer. He aprendido de ellos, que el «Dar» no es una opción, sino un compromiso ineludible. Que incluso a veces duele y confunde. Que provoca tropiezos, miedos e incertidumbres… pero que el «Recibir» que provoca ese dar, es mucha mayor e incomparable recompensa.

Esta aventura comenzó mucho antes del viaje… y aún no ha terminado…

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